¡Hey! ¡¡Voy a cobrar sin trabajar!! Ah, la belle vie… si ya lo sabía yo, he nacido para noble renacentista, tumbada en el sofá, ora leo, ora duermo. Ora como, ora pienso. La vida contemplativa, esto está hecho para mí.
Pero hasta la más alta nobleza (esa que está maravillosamente repantigada y mediodesnuda, cual cuadro de Botticelli) se va colando poco a poco por el agujero del sofá (no el real, que tenemos, sino el que cada uno va haciendo) y cada vez hay más agujero y menos sofá.
Y tras cinco semanas te das cuenta que ya no hay playa, ni libros, ni películas… sólo duermevelas.
Y te parece que aburrirse tanto es como empezar a morirse un poco.
Entonces, viene el Dalahi Lama (gracias Laura) y te dice que el sentido de la vida es ser feliz. Qué fácil. Mejor aún, te dice que la felicidad no radica en algo externo sino todo lo contrario. ¡Hey! Es verdad, soy feliz si me siento feliz. ¿Y cómo me siento yo? Mierda, aburrida. Pero no me voy a rendir… se acabó mi huelga.
Entonces, empiezan las negociaciones. ¿Comemos arroz con verduras, cuscús con verduras o spaghettis con verduras? Reserva los spaghettis… ¿Qué te gustaría comer? Pollo al horno, cocido, pizza, salmón ahumado, chorizo, salchichas, filetes empanados, calabacín, albóndigas, emperador, almejas, jamón, cordero… Hagamos una locura. Empieza la búsqueda de los supermercados clandestinos…. está cerrado… no podemos pasar, sólo para vips… ¿cinco euros una lata de atún? ¡Mira un pollo!
Hoy, la felicidad es comer pollo al horno.
Pd: El pollo estaba asqueroso (aún me pregunto si verdaderamente sería eso pollo) pero como la felicidad no radica en agentes externos…
¡Y estoy ma-ra-vi-llo-sa mediodesnuda y repantigada en el sofá!